Ayer tocaba debate de candidatos de la capital. Daría por lo menos un euro por entrar siquiera un instante en la mente de Alberto Ruiz Gallardón justo en el momento en que empezara a replicar a los otros dos candidatos. Creo que por su cabeza pasarían dos leves ideas. Una cargaría con un mohín divertido, de saberse infinitamente superior intelectualmente, buscando modular las intervenciones para que no se notase mucho la diferencia, de no forzar para que no se vengan abajo como los castillos de arena al borde del mar. Otra portaría un cargamento de melancolía por la enésima campaña electoral en la que no tiene a nadie enfrente de cierto nivel. Desde que se retiró Leguina no ha encontrado don Alberto nadie con el que esforzarse de verdad, con el que arrojarse a un debate de altura, con ideas y con maldad, con talento y con el colmillo retorcido. El único consuelo es sacudirse la modorra con Esperanza Aguirre pero desde que ésta ha ocupado todo el partido en Madrid cada vez es más difícil y el resultado es más bronco, como hacer esgrima con las escobillas del WC. Y eso debe provocar una insufrible melancolía. A la derecha, Ángel Pérez, con la corbata anudada como los cordones de las zapatillas, soltando las mismas gracias que le lleva oyendo cuatro años en el salón de plenos del ayuntamiento. A su izquierda, Jaime Lissavetzky, ese hombre gris, gris, gris, cuya gran baza electoral para la capital es volver a convertir la Casa de la Villa en Casa Consistorial, una idea que seguro provocará tumultos en las mesas electorales de ciudadanos deseosos de depositar su papeleta en la urna. Pensará Gallardón que así se las debían poner a Felipe II. Y llevará razón.
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